28 Abr 2026, Mar

El Cauca no está llorando hoy, pues lleva siglos llorando sin darle tregua. Desde la Colonia, esta tierra ha sido escenario de disputas que cambian de nombre, pero no de esencia.

Antes fue el oro y la plata, hoy es la coca. Antes eran imperios y hoy son grupos armados. Pero el fondo sigue siendo el mismo: poder, control y riqueza sobre una tierra que lo da todo, incluso la vida de su gente.

En el Cauca siempre han convivido tres raíces históricas: el indígena, el negro y el blanco. Tres historias culturales que, con el paso de los siglos, se mezclaron hasta formar una sola identidad, una sola familia, una sola tierra, pero también, tristemente, una misma tragedia repetida, porque no hemos aprendido y seguimos enfrentándonos entre nosotros, como si no fuéramos hijos del mismo suelo. La violencia de hoy ya no se alimenta del oro cuyo quinto real salía rumbo a los galeones españoles, sino del narcotráfico, que hoy se queda acá en forma de financiación de una guerra mucho más sofisticada, más cruel y más deshumanizada. Y lo más grave: una guerra que se ensaña contra los mismos de siempre, contra los campesinos, contra los indígenas, contra las comunidades negras, contra los “nadies”, como los llamó Francia Márquez. Esos mismos “nadies” que hoy, paradójicamente, son las principales víctimas de quienes dicen representarlos.
Los hechos recientes lo dicen todo: un atentado brutal con explosivos en la vía Panamericana, a pocos minutos de Popayán, que va sumando 19 muertos en la tarde del 25 de abril, pero las víctimas mortales son gente humilde, campesinos, indígenas, negros  y lideres sociales representantes de la Paz, que aprovechan el día sábado en las plazas de demarcado de poblados vecinos. Personas que se transportaban en chiva, ese símbolo tan propio del Cauca profundo, y quienes no eran combatientes, no eran enemigos, pero sí eran pueblo.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿por qué? Y aquí es donde el análisis no puede quedarse en la indignación. Hay que mirar el tablero completo, pues por un lado, estos hechos fortalecen a los grupos armados como actores políticos de facto. Muestran capacidad de daño, control territorial y poder de negociación frente al gobierno actual y, sobre todo, frente al que viene.

Por otro lado, generan una enorme cortina de humo. Mientras el país mira el horror, se facilita el movimiento de droga por el Pacífico caucano, el Valle y Nariño. Menos presión, más flujo, más negocio, y al mismo tiempo, hay un mensaje político claro, como una respuesta directa a quienes proponen endurecer la seguridad, especialmente en boca de la candidata Paloma Valencia, quien ha planteado la militarización de la vía Panamericana, cuya propuesta fue respaldada públicamente por el expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Así, las disidencias no solo disparan, sino que le responden a la Derecha Militarista con aterradora violencia, que  ellos mandan sobre toda la sociedad y la institucionalidad colombiana. Mientras todo esto ocurre en un contexto político pre electoral donde el Cauca se ha convertido en un fortín clave, al ser un territorio simbólico y electoral de izquierda donde se consolidan liderazgos territoriales que construyen discurso alrededor de los más vulnerables.

Pero la contradicción es evidente: mientras se habla de justicia social, la realidad en el territorio muestra que los más pobres siguen poniendo los muertos. La llamada “Paz Total” hoy enfrenta su prueba más dura: la credibilidad. Porque una paz que no protege a la gente, no es paz. Es apenas una promesa en medio del ruido de los fusiles, y el Cauca, una vez más, queda atrapado entre discursos políticos, intereses criminales y una historia que parece repetirse sin fin. Tal vez la verdadera pregunta no es solo por qué pasa esto. Sino hasta cuándo vamos a seguir permitiéndolo.