En el siglo XXI, la política dejó de ser únicamente un debate de ideas para convertirse también en una disputa de símbolos. No basta con tener programa: hay que representar algo. En ese terreno, la teoría de los arquetipos de Carl Jung ofrece una clave útil para entender por qué ciertos liderazgos conectan más que otros en Colombia.
Jung planteaba que las sociedades responden a figuras universales: el Gobernante, el Rebelde, el Sabio, el Héroe, el Protector. En política, estos arquetipos se traducen en estilos de liderazgo que apelan a emociones profundas del electorado. Colombia, en pleno ciclo electoral, no escapa a esa lógica, piues en la derecha emergen figuras que combinan dos arquetipos dominantes: el Guerrero y el Gobernante. Abelardo de la Espriella encarna el perfil del Guerrero contemporáneo: confrontacional, directo, dispuesto a “dar la pelea” contra enemigos claros. Su narrativa no es técnica, es emocional: orden, autoridad, reacción frente al caos.
Por su parte, Paloma Valencia mezcla ese componente combativo con rasgos del Gobernante. Representa la defensa del orden institucional, la seguridad y la firmeza del Estado, pero con un lenguaje más estructurado y político. Es una derecha que busca recuperar control, pero también legitimidad.
En el centro político, el arquetipo dominante es el Sabio, aunque con matices distintos. Sergio Fajardo ha construido su liderazgo sobre la pedagogía, la moderación y la técnica. Es el profesor que explica, el líder que evita el conflicto y apuesta por la razón.
Claudia López, en cambio, combina el Sabio con el Reformador. Mantiene una base técnica, pero introduce elementos de confrontación moral y lucha contra la corrupción. Su liderazgo no es neutro: es una mezcla entre explicación y denuncia.
Entretanto en la izquierda, el arquetipo predominante es el Rebelde, con componentes del Protector social. Iván Cepeda representa una figura que interpela al sistema desde la defensa de las víctimas, los derechos humanos y las causas históricas. Su legitimidad no proviene de la eficiencia administrativa, sino de la coherencia moral y la lucha simbólica.
Así, el tablero político colombiano no solo se organiza por ideologías, sino por emociones: seguridad, indignación, esperanza, conocimiento. Cada candidato activa un imaginario distinto del país que se quiere construir.
En este contexto, cobra especial sentido la reciente desaparición de Germán Vargas Lleras. Su liderazgo, asociado al arquetipo del Gobernante puro, parece quedar desfasado frente a una política cada vez más emocional y menos institucional.
Con Vargas Lleras no solo se va un dirigente. Se desvanece una forma de ejercer el poder basada en la estructura del Estado, la ejecución y la disciplina administrativa. Su ausencia deja una pregunta incómoda: ¿quién representará ahora el orden institucional sin caer en el autoritarismo ni perder conexión con la ciudadanía?
Porque si algo revela este momento histórico es que Colombia está migrando del liderazgo del Gobernante hacia liderazgos más emocionales: Rebeldes, Guerreros, Sabios mediáticos.
La pregunta final no es menor: ¿estamos construyendo una democracia más representativa… o simplemente más emocional? Y tal vez la respuesta defina no solo quién ganará las elecciones, sino qué tipo de República sobrevivirá en los años por venir que conecte con la nuevas generaciones de ciudadanos que decidirán el rumbo de Colombia en adelante.

