11 Sep 2026, Vie

El presidente Abelardo de la Espriella ganó las elecciones presidenciales y llegó a la Casa de Nariño con un mandato definido. Sin embargo, sus primeras semanas muestran que ganar la Presidencia no equivale a controlar todo el poder en un sistema institucional fragmentado, cuando Colombia tiene un régimen presidencialista, pero la victoria electoral no garantiza mayorías parlamentarias ni control sobre las demás ramas y organismos públicos, pues el Gobierno necesita construir acuerdos para convertir su mandato en una agenda legislativa viable.

Los partidos tradicionales recuperaron su papel de bisagra, como los Conservadores, los liberales y otras fuerzas de siempre volvieron a ser decisivos en un Congreso sin dueño. En esta dinámica de poder, el Gobierno necesita mayorías y la oposición debe bloquearlas; entre ambos, algunos sectores pueden negociar con unos y otros. También reaparece Álvaro Uribe como articulador entre sectores del establecimiento, el Centro Democrático y otras fuerzas.

La Presidencia no elimina a los actores con capacidad de influencia, como lo vimos en la elección del contralor general que nos ofreció un ejemplo claro: aunque el presidente haya ganado ampliamente, no puede designar directamente a quien vigilará fiscalmente su administración, pues la decisión depende de acuerdos y votos parlamentarios. Algo similar ocurre con el Consejo Nacional Electoral y otros organismos.

Aunque eso no es necesariamente malo cuando la esencia de la democracia impide que una victoria electoral concentre todo el poder. El problema aparece cuando los controles institucionales se convierten en escenarios para repartir burocracia, contratos o influencia. Y acá se vuelve Troya cuando el presidente tenga que negociar con el Congreso, convivir con organismos independientes y relacionarse con partidos cuyos votos aumentan de valor cuando ningún bloque puede gobernar solo.

Los temas centrales de Colombia y la región se empezarán a ver ahora después del terremoto, los resultados de los primeros cien días de administración, las propuestas económicas para la reconstrucción y las aprobaciones del Congreso frente a las Leyes de Presupuesto y Plan Nacional de Desarrollo (PND) con que el Estado deberá financiarse el cuatrienio y marcará la hoja de ruta real de la política que escogimos la mayoría de colombianos. Así como las posiciones en materia internacional de seguridad y narcotráfico que indiscutiblemente pasarán por la aprobación de Washington y la alineación económica y energética con las super potencias en contraposición de los vecinos latinoamericanos.

Esperemos que el país esté en línea con la rápida interpretación de los problemas del orden nacional e implemente una veloz reorientación de políticas y agendas, ojalá concertadas, de lo contrario seguirá todo sin arrancar. Porque una cosa es ganar el gobierno y otra es materializar el ejercicio de dicho gobierno con las fuerzas de poder respirando en el cuello, y peor aún, el país en pocas semanas entrará en la política regional para elegir alcaldes y gobernadores, lo que tiene mayor relevancia que los asuntos nacionales por contener los temas de la gente de carne y hueso en su día a día.