11 Sep 2026, Vie

Durante años, América Latina discutió cuándo terminaría la era del petróleo y en ese sentido propuso una “transición energética” para reducir carbón, petróleo y gas para reemplazarlos progresivamente por fuentes renovables, pero sin tener en cuenta que Estados Unidos tomó otro camino distinto a la sustitución de fósiles  por energías limpias, y resolvió disponer de más energía mediante la adición de distintas fuentes y con mayor control estratégico sobre ellas. Así el presidente Donald Trump le puso nombre a esa política: energy dominance o “Dominio Energético”, en febrero de 2025 creó por Orden Ejecutiva el Consejo de Dominio Energético (National Energy Dominance Council), que articula buena parte del aparato energético, económico y de seguridad estadounidense. La apuesta es producir más, aumentar la generación, desarrollar infraestructura, reducir barreras regulatorias, atraer capital y fortalecer las exportaciones.

Pero la estrategia va mucho más allá del petróleo, pues incluye adicionar gas, energía nuclear, renovables (solar, eólica), minerales críticos y redes eléctricas, así la energía deja de ser únicamente una política sectorial para convertirse en política industrial, seguridad nacional y poder geopolítico.

En materia de dominación energética mundial, sería simplista decir que Estados Unidos invadió Irak en 2003 únicamente por petróleo; detrás de aquella guerra hubo razones militares, estratégicas y políticas, pero también sería ingenuo ignorar el peso de la energía en una región que concentra algunas de las mayores reservas de hidrocarburos del planeta. Hoy Irán vuelve a recordarlo, sobre todo por el estrecho de Ormuz, uno de los pasos más sensibles del sistema energético mundial, por donde ha circulado cerca de una quinta parte del petróleo global. Basta una crisis seria en esa franja para alterar precios, encarecer el transporte y llevar sus efectos a la inflación y al crecimiento de economías situadas a miles de kilómetros. La transición energética avanzó, pero el petróleo nunca dejó de ser una herramienta de poder.

En ese mismo tablero reaparece Venezuela, con la “extracción” de Nicolás Maduro por Estados Unidos, en enero de 2026, que cambió por completo el escenario político venezolano, pero lo que vino después resulta igual de revelador: Washington volvió rápidamente la mirada hacia un país que concentra alrededor de 303.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo, las mayores del mundo.

Y ahí está buena parte de la clave para entender el caso Venezolano, cargado de conceptos geo-energéticos con mucho petróleo compuesto por crudos pesados y extrapesados que pueden complementar los crudos más ligeros producidos en Estados Unidos y alimentar refinerías de la costa del Golfo diseñadas para procesarlos. A eso se suma una ventaja geográfica evidente: llevar petróleo venezolano a territorio estadounidense no exige atravesar Ormuz, Suez ni otros corredores vulnerables de Eurasia. Por eso Venezuela vuelve a ser estratégica: tiene reservas enormes, un tipo de crudo útil para el sistema refinador estadounidense y está, literalmente, al otro lado del Caribe.

Esto plantea una pregunta inevitable: ¿dónde termina la legítima búsqueda de seguridad energética y dónde comienza el uso del poder político y militar para asegurar posiciones privilegiadas sobre los recursos estratégicos de otros países?

No se trata de defender a Maduro ni de desconocer el deterioro democrático e institucional venezolano. La cuestión es otra: cuando después de una intervención aumenta el interés económico sobre uno de los mayores depósitos petroleros del planeta, la soberanía sobre esos recursos también entra necesariamente en la discusión. Pero Venezuela permite observar algo todavía más interesante. Washington no está sustituyendo parques solares por petróleo venezolano. Está sumando fuentes: petróleo estadounidense y crudo pesado venezolano; gas y nuclear; renovables e hidrocarburos; minerales críticos y nuevas redes eléctricas.

Estamos frente a una lógica mucho más cercana a la adición energética que a una transición entendida simplemente como sustitución. La explicación también está en la nueva economía. Inteligencia artificial, centros de datos, electrificación y manufactura avanzada están aumentando rápidamente la demanda de energía. Para Washington, depender excesivamente de una fuente, una tecnología, un proveedor o una ruta constituye una vulnerabilidad. La energy dominance es entonces algo más sofisticado que la frase Trumpista “drill, baby, drill”, al consistir en convertir en ventaja económica la abundancia, la diversidad, la infraestructura y la capacidad tecnológica.

Ahí comienza la discusión para América Latina. La región posee petróleo y gas, pero también extraordinarios recursos hidroeléctricos, solares y eólicos y minerales indispensables para las nuevas tecnologías. Sin embargo, tener recursos no significa tener poder energético. Para convertirlos en desarrollo se necesitan inversión, infraestructura, tecnología, seguridad jurídica, reglas previsibles y mercados. Colombia debería observar cuidadosamente esta transformación. No para abandonar la descarbonización, sino para evitar el extremo contrario: reducir prematuramente la capacidad convencional sin haber construido antes la nueva generación, las redes, el almacenamiento y los respaldos necesarios.

La seguridad energética no consiste en escoger entre petróleo y renovables, sino en tener suficientes alternativas para que la falla de una fuente, una tecnología, un proveedor o una ruta no termine paralizando la Economía, así  Irak recordó el valor estratégico de los territorios petroleros; Irán y Ormuz, el poder de controlar las rutas; Venezuela vuelve a poner sobre la mesa el enorme peso de las reservas, y Washington parece estar convirtiendo todas esas lecciones en una verdadera política de Estado para preservar su supremacía energética. Mientras América Latina sigue preguntándose cuándo terminará la era del petróleo, Estados Unidos parece haberse hecho una pregunta mucho más pragmática: ¿cuánta energía necesita asegurar para conservar su poder? Quizá el petróleo nunca se fue, y lo que cambió fue la manera de ejercer el poder con él.