Colombia tiene una ventaja energética que pocos países de la región pueden mostrar, basada en que una muy alta porción de nuestra electricidad proviene del agua, y precisamente esa generación hidroeléctrica ha permitido construir una matriz predominantemente renovable, pero esa misma fortaleza contiene una vulnerabilidad, pues cuando disminuyen las lluvias y llegan menos aportes a los embalses, el sistema debe administrar con mayor cuidado el agua almacenada y recurrir con más intensidad a otras fuentes capaces de garantizar electricidad.
Así lo señaló XM, encargada de operar el Sistema Interconectado Nacional, al informar que, al cierre de agosto, los embalses mantenían niveles relativamente altos, aunque los aportes hídricos ya completaban varios meses por debajo de la media histórica, y al mismo tiempo, aumentó la participación de la generación no renovable. Esto no significa que las hidroeléctricas hayan dejado de producir, sino que el sistema necesita administrar mejor el agua disponible y contar con otras fuentes de generación cuando disminuyen las lluvias. Y es ahí donde aparece una diferencia que suele perderse en la discusión pública: transición energética y seguridad energética no son lo mismo, pues la transición señala hacia qué tipo de matriz queremos avanzar, y la seguridad energética responde una pregunta más inmediata basada en cómo garantizar energía suficiente y confiable mientras hacemos ese cambio.
Cuando bajan los niveles de agua en represas, las plantas térmicas vuelven a cobrar importancia porque pueden generar electricidad con gas natural, carbón o combustibles líquidos y, al hacerlo, ayudan a reducir la presión sobre los embalses. En ese contexto, el gas adquiere una función distinta a la de ser simplemente un combustible fósil. En un sistema altamente hidroeléctrico puede convertirse en una fuente estratégica de respaldo cuando disminuye la hidrología, aumenta la demanda o las fuentes variables, como la solar y la eólica, no entregan suficiente electricidad a una matriz más renovable, que paradójicamente, también necesita mecanismos de respaldo más sólidos para garantizar su confiabilidad.
Y entonces ocurrió lo de SPEC. En Cartagena opera la Sociedad Portuaria El Cayao (SPEC LNG), la terminal de regasificación que recibe gas natural licuado importado, lo transforma nuevamente en gas y lo entrega al sistema colombiano. El 25 de septiembre, una condición técnica redujo temporalmente su capacidad de entrega y llevó al Ministerio de Minas y Energía a declarar un racionamiento programado mientras se realizaban las inspecciones y correcciones necesarias. El episodio nos dejó una lección sencilla, cuando el sistema eléctrico necesita respaldo térmico, también necesita que el gas esté disponible y pueda llegar a las plantas que lo convierten en electricidad; por eso, la seguridad del gas y la seguridad eléctrica hacen parte de una misma cadena.
La medida no significó que Colombia se hubiera quedado sin gas, antes, por lo contrario fue una decisión preventiva para ordenar temporalmente el suministro y priorizar la demanda esencial, incluidos hogares, hospitales, colegios y transporte, seguida por la generación térmica y otras actividades estratégicas. Sin embargo, el episodio dejó expuesta una vulnerabilidad importante: cuando disminuye el agua necesitamos más respaldo térmico; buena parte de ese respaldo requiere gas y una fracción creciente puede provenir del exterior. Por eso una dificultad en la infraestructura de importación y regasificación puede trasladarse rápidamente hacia la confiabilidad del sistema eléctrico.
Esta cadena ayuda a entender por qué el debate energético colombiano no debería reducirse a escoger entre fósiles o renovables. La hidráulica aporta energía renovable y capacidad de regulación; la solar y la eólica diversifican la matriz; el gas puede ofrecer firmeza y respaldo; las redes y subestaciones permiten transportar la electricidad; y el almacenamiento comienza a convertirse en otra herramienta para aumentar flexibilidad y confiabilidad. El reto consiste en determinar qué función cumple cada fuente y asegurar que todas las piezas estén disponibles cuando el sistema las necesita.
Así llega la discusión a tocar directamente a Ecopetrol y a la nueva etapa de la compañía estatal multilatina. Ya no basta con preguntar cuánto petróleo debe producir o qué tan rápido debe diversificarse hacia nuevos negocios, pues también importa cuánto gas puede incorporar, qué reservas puede desarrollar, qué infraestructura contribuye a garantizar el abastecimiento y cómo combina esas decisiones con renovables, transmisión y nuevas tecnologías. Entonces la pregunta de fondo sería qué papel debe asumir la principal empresa energética del país dentro de una política de seguridad energética que acompañe, y no contradiga, la transición.
En últimas, la transición energética no consiste simplemente en sustituir una fuente por otra, sino en adicionar fuentes y transformar progresivamente la matriz sin perder confiabilidad en el camino, porque lo ocurrido con SPEC recordó que una falla puntual puede revelar dependencias estructurales y que el respaldo no es un asunto accesorio sino parte esencial del sistema, de manera que si Colombia quiere incorporar cada vez más energías renovables también tendrá que garantizar la energía necesaria cuando baje el agua, el sol no alcance o disminuya el viento, por eso el gas, más que un combustible de paso, puede cumplir una función estratégica de confiabilidad y convertirse en energía de respaldo para la transición.

