26 Oct 2026, Lun

Elon Musk, fundador de Tesla, SpaceX y xAI, imagina que en 2036 millones de robots harán el trabajo de los humanos y que el dinero podría perder importancia. Pero la pregunta no es solamente si las máquinas producirán más que nosotros, sino quién será dueño de ellas y cómo se distribuirá esa riqueza. Mientras la tecnología promete liberar al ser humano del trabajo, los Estados todavía deben garantizar ingresos, pensiones, educación, salud y energía para todos. El verdadero desafío de la inteligencia artificial no será demostrar que puede superar nuestras capacidades, sino evitar que sus beneficios queden concentrados en unas pocas manos.

Musk impulsa una transformación que incluye vehículos autónomos, robots humanoides, cohetes reutilizables, centros de procesamiento en el espacio y, algún día, asentamientos en Marte. Su proyecto Terafab busca fabricar los microchips necesarios para buena parte de esas tecnologías. Pero surge una pregunta decisiva: ¿de dónde saldrá la electricidad para alimentar millones de procesadores y cómo se enfriarán esas máquinas?

 

Terafab representa una nueva carrera industrial. En Texas se anunció una inversión superior a 16.800 millones de dólares para desarrollar una fábrica de semiconductores vinculada con SpaceX. Sin embargo, sus metas enfrentan desafíos tecnológicos, financieros e industriales. La Agencia Internacional de Energía estima que los centros de datos pasarán de consumir unos 485 teravatios-hora en 2025 a 950 en 2030. Cada consulta, entrenamiento de modelos y aplicación de inteligencia artificial consume electricidad y genera calor. Por eso, el crecimiento del sector exige ampliar la generación, la transmisión, el agua disponible y los sistemas de refrigeración.

Las grandes compañías tecnológicas ya buscan asegurar su suministro mediante contratos eléctricos, proyectos solares, almacenamiento, gas natural y alternativas nucleares. La disponibilidad de energía empieza a ser una ventaja competitiva tan importante como el dominio de los algoritmos. La propuesta más audaz de Musk es trasladar parte de esa infraestructura al espacio. Allí, aunque el ambiente es muy frío, los procesadores no se enfrían automáticamente: en el vacío no hay aire que transporte el calor. Se necesitan radiadores que lo expulsen mediante radiación, lo que aumenta el peso, el costo y la complejidad de las instalaciones.

En Marte, el desafío sería mayor. Habría que producir electricidad continuamente para sostener el oxígeno, el agua, las comunicaciones, los alimentos, los robots y los sistemas informáticos. La energía solar podría ayudar, pero las tormentas de polvo obligarían a contar con almacenamiento y fuentes firmes, posiblemente pequeños reactores nucleares. Por ahora, las colonias marcianas y los centros de datos espaciales siguen siendo proyectos de futuro.

¿Y Colombia? El país cuenta con recursos hidroeléctricos, potencial solar y eólico, gas natural y una ubicación favorable para nuevas inversiones digitales. Sin embargo, persisten dificultades para desarrollar generación, construir líneas de transmisión, ampliar subestaciones y resolver conflictos socioambientales. El desafío no consiste en copiar las ambiciones espaciales de Musk, sino en entender sus consecuencias económicas. La UPME, la CREG, los operadores de red y las autoridades ambientales deberán anticipar las necesidades de las industrias intensivas en electricidad, sin comprometer la seguridad del suministro ni trasladar injustificadamente sus costos a los usuarios.

Entonces, la noticia más relevante no es un nuevo cohete ni una nueva computadora orbital, es que la expansión de la inteligencia artificial está obligando a transformar la planeación, financiación y regulación de los sistemas eléctricos; así las compañía Terafab expresa ese cambio, pero sus desafíos energéticos, hídricos e industriales todavía están lejos de resolverse.

Mientras Elon Musk proyecta llevar la inteligencia artificial hasta Marte, Colombia todavía enfrenta el desafío de garantizar energía suficiente y confiable para sus industrias y ciudades, especialmente para las comunidades rurales y las zonas no interconectadas (ZNI), que comprenden cerca del 53 % del territorio nacional, según estimaciones de la UPME. Y es que, por sofisticada que parezca, la inteligencia artificial necesita enormes cantidades de energía con la gran demanda de recursos hídricos y fósiles para garantizar electricidad constante, y alimentar sus procesadores y mantenerlos refrigerados, lo que exige un suministro permanente y confiable, porque sin seguridad energética no hay revolución digital posible, lo que nos devuelve a abrir debates del pasado en presente frente a los impactos ambientales, desigualdades y pobreza energética, entre otras más.