13 Jun 2026, Sáb

Nos encontramos ante un dilema difícil como civilización: una  Masacre en Palestina (si, Huila en Colombia) vs un genocidio de 3 años en Gaza. La semana dejó una coincidencia tan poética como dolorosa: mientras el presidente Gustavo Petro multiplicaba sus mensajes en redes sociales condenando los ataques en Gaza, en nuestra Palestina, Huila (una tierra también atravesada por la violencia) se perpetraba la masacre número 63 del año. Tres muertos y ocho heridos este 3 de octubre de 2025, que no alcanzaron un solo X presidencial. Así, entre la Palestina distante y la Palestina criolla, se abre la grieta de una ética pública en crisis: ¿qué vale más para el poder, la muerte ajena o la muerte propia?, ¿Una muerte es igual a mil muertes?…

En ética política esta no es una pregunta trivial. El utilitarismo clásico (Bentham, Mill) respondería que sí, toda vez que una vida puede sacrificarse si ello permite salvar a muchas. Pero Michael Sandel, profesor de Harvard, advierte que ese cálculo ignora el valor moral de los medios, en sus clases insiste en que no es ético usar a una persona como medio para un fin mayor, aunque el resultado aritmético parezca conveniente.
En esa lógica, una muerte jamás es igual a mil muertes, porque cada vida porta una dignidad absoluta e inconmensurable y  un número no salva la moralidad del acto despiadado. En la política contemporánea, sin embargo, los números tienden a deshumanizar, como nos quieren hacer ver o invisibilizar que tres muertos en el Huila pesan menos que tres mil en Gaza porque el dolor lejano es amplificado por la épica y el algoritmo.

En consecuencia, el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos habla de la “sociología de las ausencias” para entender la jerarquía de los duelos, basados en que ciertas vidas son tan invisibilizadas que su sufrimiento ni siquiera existe en la estadística. Judith Butler, desde otra orilla, plantea la noción de “vidas llorables” como aquellas por las que la sociedad está dispuesta a hacer duelo.
A la luz de esas teorías, el contraste entre Gaza y el Huila no es un simple error de comunicación: es la evidencia de que el Estado colombiano construye su empatía hacia afuera mientras administra silencios hacia adentro. Las muertes de la periferia no generan indignación estatal porque no alcanzan el umbral de visibilidad política. Son “vidas no llorables”, diría Butler, o ausencias estructurales, diría Boaventura.

 

Entre tanto, si un presidente decide denunciar genocidios, no puede desconocer que su deber esencial es proteger la vida de su pueblo. Hans Jonas enseña que la responsabilidad empieza por los más cercanos, y Byung-Chul Han (consultado por el presidente) advierte que la solidaridad exterior puede volverse espectáculo. Petro confunde empatía global con legitimidad local. Como recuerdan Sandel y Sen, ninguna vida es medio ni cifra: una en el Huila vale tanto como mil en Gaza

Entonces, el legado de Petro es incierto, pues ya no será el salvador del planeta, el reformador energético ni el desarrollador territorial, sino un líder que busca reconocimiento moral frente a los genocidios. Sin embargo, como advierte Amartya Sen, el verdadero desarrollo consiste en ampliar las libertades reales de las personas. Mientras en Colombia persistan las masacres, la inseguridad y los hospitales colapsados, cualquier discurso global será un eco vacío frente a una libertad inconclusa. Las “Palestinas” simbolizan esta paradoja: un Gobierno que proclama justicia global mientras ignora la justicia local. Esa asimetría no es ideológica, sino moral. Boaventura de Sousa Santos lo resumiría al afirmar que “el Sur global no está en Gaza, sino en cada municipio donde el Estado está ausente”. Sandel recordaría que la justicia empieza por casa, y Weber, que la política se mide por la responsabilidad con la vida real de los gobernados

El presidente Petro aspiró a convertirse en un líder planetario, pero la historia universal solo reserva sus páginas a quienes logran la paz en su propia casa antes de predicarla al mundo. Ni las denuncias de genocidios ni las marchas simbólicas que terminan en vandalismo bastarán para consagrarlo como referente ético global. El espectáculo de pequeños grupos destruyendo bienes privados en nombre de causas lejanas solo profundiza la paradoja de un gobierno que clama por liberar pueblos extranjeros mientras el suyo sigue sitiado por la violencia, el miedo y el abandono estatal.

Su verdadero legado no se medirá en discursos ni en aplausos internacionales, sino en cuántas vidas logró proteger dentro de sus fronteras. Como recordó Emmanuel Levinas, cada rostro humano impone una obligación infinita “cuando el Estado deja de ver a sus muertos, pierde toda autoridad moral para hablar de justicia”. Hoy, entre el avance del narcotráfico con carteles guerrilleros Vene-Mexicanos , la inseguridad y una “Paz Total” que se diluye entre acuerdos frágiles y concesiones impunes, el relato global del presidente se derrumba y aunque a Petro ya se le registra en la historia del siglo XXI el primer magnicidio político de un candidato presidencial opositor —Miguel Uribe Turbay—, su legado quedará más cerca de la confusión que de la grandeza.

El día en que Colombia deje de contar masacres y empiece a contar oportunidades, ese día podrá hablarse de un líder histórico. Hasta entonces, presidente, recalcamos que el Sur global no está en Gaza, sino en cada rincón del país donde el Estado se ausenta y la esperanza aún aguarda por un gobierno social anhelado.