28 Abr 2026, Mar

El inicio de 2026 confirma que América Latina ha entrado, sin eufemismos, en una fase de reordenamiento geopolítico clásico, donde el discurso democrático convive con la lógica dura del poder. La captura de Nicolás Maduro por Donald Trump y la idea de una “administración transitoria” de Venezuela bajo tutela estadounidense no son una extravagancia retórica, sino una señal estratégica, toda vez que el  elemento central del mensaje no fue la ideología ni la moral política, sino la energía, entiéndase petróleo oscuro y crudo.

No es un detalle menor que, en su discurso, Trump haya mencionado reiteradamente las palabras energía y petróleo, con mucha mayor frecuencia y énfasis que la supuesta motivación penal asociada a la captura de Maduro como líder de un cartel narco-terrorista. Esa jerarquía discursiva es reveladora pues el narcotráfico aparece como el marco legitimador, mientras que el petróleo se consolida como el objetivo material.

En paralelo, Trump fue explícito en anunciar la instauración de una “Doctrina Trump”, anclada en el principio de America First, evocando sin ambigüedades la vieja Doctrina Monroe. La diferencia es de forma, no de fondo. Si la Monroe se envolvía en el lenguaje del “buen vecino”, la Doctrina Trump prescinde de eufemismos: Estados Unidos será amigo de los gobiernos afines, capitalistas y funcionales, y confrontará o ignorará a quienes se ubiquen fuera de ese marco.

Desde esa lógica doctrinaria, los países del hemisferio son evaluados bajo criterios utilitarios: control efectivo del territorio, alineamiento político-estratégico y disponibilidad de recursos energéticos. Venezuela, pese a su colapso institucional, cumple el tercer criterio. Colombia, bajo el gobierno de Gustavo Petro, ha comenzado a fallar en los tres.

Venezuela reaparece así como un activo estratégico. No por su drama humanitario ni por la deriva autoritaria de su régimen, sino por su capacidad de abastecer cadenas energéticas críticas en un mundo atravesado por conflictos armados, rearme acelerado y competencia entre potencias.

El argumento del narco-terrorismo cumple una función distinta, pues sirve para  justificar políticamente la intervención militar, pero lo que explica la urgencia real es la energía basada en los recursos minero-energéticos. Es en este tablero donde Colombia empieza a desdibujarse con el  desincentivo a la exploración petrolera y la ausencia de un plan creíble de autosuficiencia que han reducido su peso geopolítico.

Así las cosas, para Estados Unidos, Colombia pasó de ser socio estratégico a actor prescindible, de ahí la frase: “que cuide su trasero”, lo cual más que un insulto se debe entender como una advertencia por su permisividad con los narco Mexi-Venezolanos que tienen sociedad con los carteles guerrilleros cercanos a la Paz Total. El dilema no es entre petróleo o planeta, sino entre soberanía o subordinación. En geopolítica, ser prescindible es el mayor riesgo, y el presidente Petro está en el peor de los mundos pues no está en el radar de la “doctrina Trump” porque no cuenta con recursos energéticos (petróleo y gas), no tiene minerales para alimentar el poderío militar de última generación que necesita Washington, y porque ya se va del gobierno sin mayores logros políticos.

Aunque la pregunta crucial fue la última de la rueda de prensa sobre Putin, a quien se le dejó notificado que tiene muy disgustado al imperio norteamericano con la matazón que no quiere parar. Por lo visto la operación militar de extracción de Maduro deja a raya dos discursos: por un lado quiere recuperar  el predominio militar de última generación norteamericano, y por otro lado, que el jefe de Washington está listo para enfrentar a Rusia y a China, porque la política y los negocios van directamente relacionados para él. Lo que deja en un segundo plano a Petro y a los de la Paz Total, afortunadamente para nuestra jornada democrática electoral.