13 Jun 2026, Sáb

La más reciente encuesta de AtlasIntel para Revista Semana ha instalado una narrativa tan cómoda como incompleta: que la contienda presidencial estaría definida, desde ya, entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, mientras el resto de aspirantes cumpliría un papel marginal. En esa fotografía fija, Roy Barreras aparece reducido a un irrelevante 0,3 % de intención de voto. El problema no es el dato, sino la lectura: la encuesta confunde intención declarada con capacidad real de incidencia política. Así, sobredimensiona una competencia polarizada, como si el escenario estuviera cerrado, cuando en realidad depende de una premisa frágil, basada en que las consultas logren movilizar votaciones significativas. El propio estudio reconoce que, salvo un milagro, las consultas de 2026 estarán muy por debajo de las de 2022; y cuando las consultas fracasan, los candidatos decisivos no son necesariamente los más votados, sino los mejores operadores políticos.

Las encuestas miden preferencias individuales, pero no miden poder político, ni logran interpretar el impacto de estructuras, el control de agendas ni la capacidad de articular alianzas. Y es precisamente ahí donde Roy no solo no está siendo medido: está siendo invisibilizado. Barreras no compite como el candidato tradicional que busca adhesión emocional desde la tarima; él juega otro tablero, más sofisticado y determinante, pues es el verdadero dueño de un partido, es un experimentado operador de coaliciones y es la bisagra entre mundos ideológicos que en el discurso se excluyen, pero que en la práctica negocian cotidianamente escenarios de poder.

Mientras otros primíparos aspiran, Roy construye arquitectura política silenciosa, prueba de ello es el cambio de nombre de la consulta que pasó de llamarse Frente Amplio a Frente por la Vida, lo que no se puede entender precisamente como  una anécdota estética ni un capricho comunicativo, por lo contrario, fue una jugada política calculada: desideologizar la consulta sacándola del campo semántico de la izquierda dura (Mujica en Uruguay)  para volverla funcional hacia el centro, en forma de alianzas con maquinarias políticas tradicionales, más regionales y pragmáticas. Su fortaleza no está en el voto de opinión, sino en la transferencia de apoyos, la negociación territorial y la articulación Congresional, es decir, con las estructuras que no aparecen en las encuestas, pero sí en las urnas.

Una lectura más minuciosa de la encuesta muestra que el dato verdaderamente relevante no es el 0,3 % atribuido a Roy, sino el tamaño real de la bolsa electoral que la propia encuesta revela, aunque no interpreta. AtlasIntel indica que cerca del 22 % de los encuestados estaría dispuesto a participar en la consulta del Frente por la Vida. Proyectado sobre un universo electoral cercano a los 22 millones de votantes, ese porcentaje abre un escenario potencial para la centro izquierda de entre 4 y 5 millones de votos, siempre que la consulta se mantenga activa y sea impulsada por la elección al Congreso y por las estructuras territoriales que la acompañan.

Una comparación histórica resulta reveladora y necesaria en este momento coyuntural para la izquierda. Iván Cepeda ganó la consulta anterior con alrededor de un millón y medio de votos, en un escenario altamente polarizado y con una identidad ideológica clara. Si Roy Barreras logra convertir en participación efectiva la redistribución del voto de izquierda, la migración de sectores de centro y el peso de estructuras políticas consolidadas, su techo no es el de Cepeda: es el doble o incluso el triple. Ese es el punto ciego del análisis convencional. Las encuestas no miden la transferencia de votos, ni la capacidad de un candidato de agregar fragmentos dispersos como una izquierda que pierde a Cepeda como eje, unas maquinarias regionales que no votan por ideología sino por viabilidad política, y un centro de opinión urbana altamente disperso y pragmático, representado por figuras como Claudia López, cuyo electorado tenderá a reacomodarse con fluidez hacia las opciones de centroizquierda con mayor viabilidad, como es el actual caso de Roy.

Ahí aparece el verdadero ángulo muerto del sondeo. Roy puede no ser hoy un candidato competitivo en términos de intención declarada por la encuesta, pero sí es un actor decisivo en el desenlace que puede sobrepasar a Cepeda en millones de votos más y Puede inclinar la balanza para una segunda vuelta, condicionar gobernabilidad, definir fórmulas vicepresidenciales o reordenar bloques completos. En política real, eso vale más que cualquier punto porcentual medido en febrero.

En síntesis, la encuesta mide bien el ruido electoral, pero no el poder silencioso. Presenta la elección como un duelo binario, cuando en realidad se juega una partida de ajedrez en varios niveles. Y en ese tablero, Roy Barreras no aparece como rey ni como peón, sino como el jugador que mueve las piezas de otros. Roy no necesita “subir en encuestas”; necesita que la consulta siga viva y que la política real basada en alianzas, estructuras y propuestas audaces (como la vicepresidencia ofrecida al presidente Petro) se convierta en una silenciosa multiplicación de votos.