13 Jun 2026, Sáb

Pareciera que la política colombiana estuviera recreando el guion de la película de los años ochenta Volver al futuro, en la que un adolescente rebelde viaja accidentalmente al pasado en una máquina del tiempo y se encuentra cara a cara con su propia historia. En nuestro caso, ese “viaje” político nos pone nuevamente frente a protagonistas que recuerdan roles del pasado: el proyecto del presidente Gustavo Petro reflejado en cuerpo y alma de Iván Cepeda; el abogado “multimillonario” Abelardo de la Espriella evocando el fenómeno outsider que representó el ingeniero también “multimillonario” Rodolfo Hernández; y Federico Gutiérrez (Fico) encontrando hoy un paralelo en el liderazgo que intenta consolidar la estructura tradicional partidista del Uribismo encarnado en Paloma Valencia. Son papeles reinterpretados o invertidos, pero el libreto parece muy bien conocido. Falta por ver cómo resultará este experimento sociopolítico que agita al país antes de las elecciones presidenciales del 31 de mayo de 2026, en un ambiente que muchos perciben como repetitivo, sin mayor emoción ni argumentos novedosos, como suele ocurrir con las segundas o terceras partes de algunas películas. Lo bueno es que ya no tenemos que lidiar con tantos políticos protagonistas como el año pasado cuando teníamos más de 100 candidatos incluyendo a Vicky Dávila que rápidamente pasaron al reparto.

Para entrar en materia, conviene hablar de un instrumento que en cualquier organización sirve para orientar decisiones: las encuestas. En Colombia, sin embargo, suelen asumirse como si fueran predicciones infalibles, casi como si anunciaran el futuro político. Pero las encuestas no son profecías, sino fotografías de un momento determinado. Aun así, las últimas mediciones han cambiado el panorama: de un escenario con dos candidatos aparentemente consolidados (Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda) se pasó a otro con una tercera figura en ascenso con 12 puntos más en la última encuesta (GAD3 contratada por RCN) Paloma Valencia, quien registró un aumento significativo tras ganar la consulta interna de su sector.

Este movimiento abre varias reflexiones sobre la dinámica electoral y algunos analistas sostienen que la elección de 2026 podría parecerse a la de 2022. Recordemos que Rodolfo Hernández irrumpió de forma inesperada como un verdadero outsider: un candidato poco conocido a nivel nacional, que financió su campaña con recursos propios y presentó un discurso sencillo, centrado en el cambio de actitud para enfrentar la corrupción o “robadera” y la llamada “politiquería”. Esa narrativa funcionó en un momento político específico, al conectar con ciudadanos cansados de las maquinarias tradicionales. Hernández se presentó como alguien ajeno al sistema, sin trayectoria en los partidos tradicionales, lo que le permitió capitalizar el deseo de renovación.

Ese fenómeno plantea hoy algunas pregunta necesarias: ¿puede repetirse esa lógica electoral?, ¿Podría Abelardo de la Espriella encarnar un outsider con características similares y movilizar el mismo tipo de voto que emergió en 2022?. Aunque las campañas no son idénticas (ni en los temas ni en los tiempos), el antecedente sirve como punto de referencia para entender el comportamiento del electorado.

El contexto actual también está marcado por la presencia de un gobierno de izquierda encabezado por Gustavo Petro, cuyo apoyo popular se ha sustentado en la narrativa del cambio social. Parte de su base política considera que muchas de las reformas prometidas no se han concretado debido a la resistencia de la clase política tradicional. Sin embargo, esta situación no es excepcional, pues en un Estado democrático, las reformas deben debatirse en el Congreso y someterse al control constitucional de los tribunales. Es decir que la división de poderes está diseñada precisamente para garantizar que las transformaciones se realicen dentro del marco de la ley, representada en el Congreso mediante consensos institucionales, y cobran legitimidad mediante el control judicial de los jueces.

En este escenario, la candidatura de Iván Cepeda puede interpretarse como un intento de dar continuidad al proyecto político actual. No obstante, su estrategia difiere de la utilizada por Petro en 2022, cuando logró ampliar su coalición hacia sectores de centro mediante alianzas con dirigentes provenientes del establecimiento político. Hoy, en cambio, el panorama muestra una izquierda que busca mantenerse en el poder (hasta ahora solamente acompañado por un sector Santista de izquierda representado en el exministro J.F. Cristo de En Marcha); un outsider que apela al discurso de la renovación; y una alternativa que intenta articular a sectores de centro y derecha para competir electoralmente y alcanzar la segunda vuelta.

Todo lo anterior sugiere que la elección podría adquirir un carácter plebiscitario, es decir una especie de consulta ciudadana sobre si se debe continuar con el rumbo político actual de izquierda o si es momento de cambiar en serio. El riesgo de este enfoque es que no hay líderes que tengan claridad en el rumbo del supuesto “cambio” que todos añoramos sin regresar al pasado, pero los más contradictorio es que los candidatos se están concentrando más en la confrontación ideológica que en las propuestas concretas. Colombia enfrenta desafíos urgentes —como la pobreza, la inseguridad, la desigualdad social, la salud y la falta de oportunidades— que requieren soluciones claras y viables de manera inmediata, de lo contrario cualquier viento de Constituyente puede hacerse realidad y dejar a la deriva todo el orden institucional actual.

En ese contexto, las candidaturas tienen la responsabilidad de ofrecer respuestas reales, pues no basta con criticar al adversario o señalar sus errores. La ciudadanía espera liderazgo, coherencia y propuestas capaces de mejorar su vida cotidiana. La experiencia reciente demuestra que los votantes valoran a quienes trabajan por los sectores más vulnerables y buscan reducir las brechas sociales.

Repetir las fórmulas tradicionales de polarización o de simple acumulación de maquinarias electorales puede resultar insuficiente, en la medida que este país necesita un debate político centrado en ideas, agendas de gobierno y resultados concretos, por lo que derrotar a un adversario en las urnas no consiste solo en confrontar su ideología, sino en construir una alternativa creíble basada en el ejemplo y en la capacidad de cumplir lo prometido.

Volver al “futuro político” de 2022 no debería significar quedar atrapados en las mismas discusiones. Debería ser, más bien, una oportunidad para aprender de esa experiencia y avanzar hacia una política más responsable, capaz de ofrecer soluciones reales a los problemas del país. Solo así las elecciones de 2026 podrán convertirse en un verdadero punto de partida hacia un futuro distinto.