28 Abr 2026, Mar

Nos preguntan muchos sobre el “Armagedón” que se vendría para Colombia si gana la derecha, pero también los zurdos preguntan lo mismo de ganar un “multimillonario” ultra derechista como Abelardo de la Espriella, es decir, tanto la derecha cómo la izquierda son presa de sus mismos miedos y quieren llegar a la presidencia sin tener nada que proponer. Unos quieren quedarse en el poder para continuar un cambio a medias y otros quieren regresar al poder sin proponer más que la añoranza de “volver al pasado”.

En este contexto extendemos una invitación que convoque al país a reflexionar en torno al escenario político actual, donde se revela ante nuestros ojos día a día una polarización abismal entre dos extremos ideológicos que concentran la agenda pública, mientras el antiguo centro se diluye en liderazgos (propios de Sergio Fajardo o Claudia López) que no se “mojan” en temas relevantes ni demuestran capacidad de convocatoria nacional. En ese vacío, las estructuras partidistas tradicionales y las maquinarias regionales tienden a reagruparse más por el afán de recuperar el poder que por la formulación de un proyecto serio de país, y su mejor apuesta es la Uribista Paloma Valencia.

Este cuadro empobrece el debate democrático cuando las ideas ceden ante la emoción, la confrontación viral sustituye las ideas y la política se reduce a algarabía. El resultado es una ciudadanía que no encuentra referentes sólidos. Una franja significativa del electorado —en particular en las ciudades— permanece indecisa, no por apatía, sino por la ausencia de un liderazgo que combine legitimidad, ideas, solvencia y rumbo.

Ahí está la oportunidad que Colombia necesita de encontrar un líder que supere la pelea de extremos y devuelva la política a su sentido esencial: servir al país. Un candidato presidencial debe ser un demócrata de verdad, conectado con los problemas reales —seguridad, salud, empleo, servicios, costo de vida— y capaz de convertir esas demandas en soluciones concretas, viables y sostenibles.

Pero ese liderazgo no se mide por el discurso ideologizado de corte casi religioso, sino que se construye con reglas claras y hechos: legitimidad electoral (elecciones libres), respeto por la ley (sin privilegios), equilibrio de poderes (sin atacar las demás autoridades públicas), rendición de cuentas constantes (diciendo siempre la verdad), control de la corrupción y garantía de libertades civiles individuales y políticas. A esto se suma la capacidad de gobernar, que no es otra cosa que  conocer el Estado, tomar decisiones acertadas y ejecutar bien los recursos.

Gobernar no es polemizar virulentamente, todo lo contrario, es cumplirle al país. Además, hay un factor decisivo que legitima la verdadera política: la confianza ciudadana, pues sin confianza no hay gobernabilidad.

A ello se suma una condición contemporánea ineludible: la capacidad de incidir en la opinión pública digital. Hoy no basta con comunicar; es preciso construir comunidad, formar criterio y convertir audiencias en movilización ciudadana activa. La política cada día se juega más en ese terreno.

En suma, el país no requiere más extremos ni nostalgias de otrora lideres, como los icónicos Gaitán o Galán, sino un liderazgo que recupere el sentido de la democracia como sistema integral: representar con legitimidad, gobernar con competencia y sostener la confianza pública. Se busca, en efecto, líderes que quieran —y sepan— gobernar, sino habría que inventarlos.