Terminamos una semana de reflexión en un país de profundas tradiciones católicas, donde las ciudades se llenan de vida entre iglesias, cafés y planes tranquilos. Sin embargo, así como no todos los colombianos viven la religión de la misma manera, tampoco están claramente ubicados en la política, pues no todos son de derecha, ni de izquierda, ni siquiera de ese extraño “centro” del que tanto se habla, y según la encuesta de Guarumo, el 34,1 % se identifica con la izquierda, el 30 % con la derecha y apenas el 10,9 % con el centro. Pero al sumar el 19,4 % que no se identifica con ninguna opción y el 5,6 % que no sabe o no responde, aparece un dato clave: casi un 30 % del país está en la indefinición. Ese es el llamado “centro insípido”: más que una postura ideológica, es un grupo de ciudadanos a quienes no les convence ninguna opción. Y, paradójicamente, ahí está el poder, que se constituye como un electorado volátil, pragmático y decisivo. No lidera el debate, pero terminará inclinando la balanza en segunda vuelta.
En consecuencia, la semana santa también termina con la pasión del ambiente político cuyo protagonista es el mismísimo presidente Gustavo Petro quien desató una fuerte polémica al hablar de supuestos informes de inteligencia sobre el candidato Abelardo De la Espriella y su relación con temas contractuales que podrían incidir en las elecciones. Estas declaraciones, hechas en plena campaña, no solo fueron rechazadas por el candidato y otros sectores, sino que abren una preocupación mayor: si no hay pruebas, se está influyendo irresponsablemente en la opinión pública; y si sí las hay, surge la duda de posibles interceptaciones indebidas, aunque en ambos casos, el riesgo es el mismo: se pone en entredicho la neutralidad del Gobierno y se debilita la confianza en el proceso electoral.
Este punto es clave para lo que viene en la campaña dentro de los próximos meses, pues el presidente Petro sabe leer las encuestas y entiende que el escenario más difícil para la izquierda en segunda vuelta sería enfrentarse a una candidata como Paloma Valencia, que viene creciendo con fuerza. Por eso, no suena descabellado pensar que quiera mover el tablero hacia un escenario más favorable, donde Abelardo De la Espriella llegue más fortalecido y termine siendo el rival en segunda vuelta, por su perfil más polarizador. Al ponerlo en el centro del debate, le da visibilidad y sube la temperatura política. Y ahí está la preocupación de fondo: que desde el poder se esté influyendo en cómo se configura la contienda electoral.
Al final, la política tiene sus ironías, y esta semana lo dejó en evidencia, entre señalamientos desde la Presidencia y respuestas desde la campaña, el debate dejó de centrarse en los hechos y terminó en un cruce de descalificaciones, siguiendo (casi al pie de la letra) el juego que plantea el propio mandatario: llevar la discusión al terreno personal y avivar la confrontación. En ese contexto, Abelardo De la Espriella respondió al trino del Presidente diciendo que estaba “fuera de sus cabales”, es decir, insinuando que Petro actúa de forma “lunática”, y ahí aparece la paradoja: mientras en el mundo se habla de la misión Artemis de la NASA orbitando la Luna con precisión, en Colombia el debate parece girar alrededor de quién está más “fuera de órbita”.
Así, los hechos pasan a un segundo plano, se debilita la credibilidad y sube el tono de la pelea política, y ahí se conecta todo: un centro insípido que no lidera, pero definirá la elección, y una política que avanza más por la polarización que por las ideas, entonces no nos resta más que estar entre el centro y la luna: la política fuera de órbita.

