28 Oct 2026, Mié

Falta apenas una semana para las elecciones y la sensación política comienza a consolidarse: la disputa parece estrecharse entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, mientras Paloma Valencia enfrenta el desafío de demostrar que todavía puede romper la polarización y mantenerse competitiva. Más allá de las encuestas, lo que realmente empieza a definirse es el sentido político de la elección: continuidad, reacción o recomposición de la derecha.

Las mediciones recientes muestran una tendencia que ya no puede ignorarse. Cepeda conserva ventaja en varios sondeos y parece haber consolidado un voto ideológico firme, particularmente en sectores urbanos y progresistas. De la Espriella, en cambio, emerge como un fenómeno de crecimiento rápido, impulsado por el discurso de seguridad, autoridad y oposición frontal al petrismo. Paloma Valencia mantiene reconocimiento, estructura partidista y experiencia, pero enfrenta el riesgo de quedar atrapada entre una derecha emocionalmente movilizada hacia De la Espriella y un electorado que comienza a votar estratégicamente.

Y ahí aparece la primera gran pregunta electoral: ¿esta campaña todavía tiene espacio para tres candidaturas competitivas o ya entró en la lógica del voto útil? A una semana de las urnas, las campañas dejan de concentrarse en convencer y pasan a enfocarse en movilizar. El problema ya no es únicamente quién tiene mejores propuestas, sino quién logra transformar intención en votos reales, cuidar mesas, movilizar abstencionistas y resistir la presión de la última semana. Las elecciones modernas no se ganan solo en debates ni en redes sociales; también se ganan en logística, estructura territorial y capacidad de vigilancia electoral.

Cepeda parece llegar con una ventaja inicial importante, pero también con un techo electoral relativamente visible. Su reto no consiste únicamente en mantener el voto progresista, sino en ampliar su margen hacia sectores moderados que aún sienten dudas frente al rumbo económico y de seguridad del país. De la Espriella, por el contrario, tiene hoy el impulso narrativo: aparece como el candidato del voto castigo, de la reacción emocional y de la promesa de orden. Sin embargo, todavía queda por resolver si ese crecimiento es estructural o simplemente un fenómeno de última hora amplificado por redes y opinión.

Paloma Valencia enfrenta quizás el dilema más complejo. Tiene trayectoria, discurso y maquinaria política, pero la campaña parece haber entrado en un terreno donde la emoción supera la estructura tradicional. Su desafío consiste en evitar convertirse en la víctima silenciosa del voto útil de derecha. Porque cuando el electorado percibe que la competencia real se reduce a dos nombres, las terceras opciones empiezan a sufrir fugas aceleradas de apoyo.

La pregunta entonces no es solo quién ganará la primera vuelta. La verdadera discusión es quién tiene mayor capacidad de construir mayoría después de ella. Y allí las resistencias pesan tanto como las adhesiones. Cepeda puede liderar hoy, pero también genera rechazo fuerte en sectores amplios. De la Espriella capitaliza indignación y miedo, aunque todavía debe demostrar gobernabilidad y amplitud más allá del discurso confrontacional. Paloma representa una derecha más institucional, aunque corre el riesgo de quedar atrapada entre dos emociones políticas más fuertes que su propuesta.

Esta elección parece encaminarse menos hacia un debate programático y más hacia una definición emocional del país. Orden versus cambio. Continuidad versus reacción. Moderación versus polarización, y quizá la pregunta más importante no sea quién va primero en las encuestas, sino quién será capaz de convertir la incertidumbre nacional en una mayoría política real. Porque a una semana de las elecciones, las campañas ya no disputan solamente votos: disputan el miedo, la esperanza y el rumbo simbólico del país. Por quien votarás?