Por mucho que nos guste pensar que “vivimos en la nube”, que “todo está en el móvil”, la
caída de Nequi este viernes 24 de octubre nos recuerda que esa nube tiene fisuras. Para
millones de jóvenes —y no tan jóvenes— en Colombia, Nequi no es sólo una app: es la forma
de recibir dinero de un encargo, de pagar por un café sin efectivo, de organizar gastos cuando
uno no quiere depender de visitas al banco. Entonces cuando la plataforma se bloquea, la
rutina se paraliza: transferencias que no salen, códigos QR que no funcionan, usuarios
pendientes en redes sociales pidiendo “¿ya funciona?”.
Y al mismo tiempo, mientras confiamos en lo digital, aparece otra noticia que nos tiene que
interpelar: la propuesta de cobrar una retención del 1,5 % (o “15 × 1.000”) a las transacciones
digitales a través del sistema BRE-B. Es decir: en vez de impulsar lo digital, se plantea gravarlo
y con ello, quizá frenarlo. Para un joven que usa apps, vende algo de vez en cuando por redes,
trabaja como freelance, cada recargo cuenta.
¿Por qué importa a nosotros, los jóvenes?
Porque muchas de nuestras decisiones financieras, muchas microactividades, ocurren bajo
el paraguas digital. Recibir dinero para una pieza, pagar una suscripción, gestionar un ahorro,
usar “apps” para dividir la cuenta. La caída de Nequi pone en evidencia que esa digitalización
no es invulnerable. Y la tasa propuesta pone en evidencia que la reglamentación puede volver
ese espacio más costoso.
Una falla técnica puede parecer un inconveniente menor, pero para alguien que depende de
la app para un retiro urgente, o que compra insumos para un emprendimiento pequeño,
puede ser un desastre. Y si se comienza a gravar lo digital, se reduce el incentivo a usarlo —lo
que afecta especialmente a quienes empezamos, que no tenemos un gran colchón.
¿Qué pasaría si Nequi desapareciera?
Imaginemos ese escenario: que la plataforma cesara operaciones, que, por razones
tecnológicas, regulatorias o de mercado ya no exista. ¿Y entonces?
• Tendríamos un retroceso: muchas operaciones sencillas volverían al efectivo, al
banco tradicional, al desplazamiento físico. Eso reduce la velocidad, la comodidad, la
inclusión.
• Jóvenes emprendedores que contaban con Nequi para recibir pagos rápidos se verían
obligados a buscar alternativas, quizá más costosas o con más barreras de entrada.
• El costo de oportunidad se incrementa: cada minuto que perdemos en fila, cada
trámite adicional, cada comisión extra.
• La confianza en lo digital se verá afectada: si una app “segura” desaparece, ¿por qué fiarnos de otra? Esta duda frena la adopción, y con ello, la innovación.
• Se debilita la inclusión financiera: muchos jóvenes sin productos bancarios
tradicionales adoptaron Nequi como puerta de entrada; sin ella, ese puente se
rompe.
En resumen: la desaparición de Nequi no sería solo la caída de un servicio, sería un retroceso
en la capacidad de jóvenes para gestionar su dinero libremente, sin depender de horarios,
oficinas o burocracia.
Por lo tanto, La digitalización financiera ha sido un gran avance: más rapidez, más acceso,
menos tramitología. Pero con estos avances vienen responsabilidades: infraestructura
robusta para que no se caiga; reglamentación inteligente para que no grabe lo que debe
impulsar. Como jóvenes, debemos exigir ambos: que las apps funcionen y que el Estado
entienda que gravar lo digital no siempre es justo ni estratégico.
La falla de Nequi nos recuerda que no basta con “estar online” —hay que estar bien
soportados. Y la propuesta de gravar las transacciones digitales nos dice que la tecnología
puede regresar al pasado si no la cuidamos. Cuidémosla, porque nuestra libertad financiera y
nuestra capacidad de emprender dependen de ello.
Jóvenes: no veamos estas noticias como algo “de los mayores”. Nos afectan. Participemos
del debate. Invirtamos en entender lo digital. Exijamos lo que nos permite operar, innovar y
avanzar. Que la próxima app que usemos siga ahí, que no tengamos que volver a la fila.
ESCRITO POR: Juan Serrano
Conexión Bogotá

