En medio del agotamiento ciudadano frente a la política tradicional, surge una propuesta que vuelve a poner sobre la mesa un debate profundo sobre la democracia local: la elección popular de alcaldes locales, impulsada por Luisfer, candidato a la Cámara por Bogotá del Partido Liberal. Lo que para algunos es un salto arriesgado, para otros —y debo reconocer que me incluyo— es un paso necesario hacia una ciudad más representativa.
La realidad es evidente: Bogotá ha sufrido durante años un modelo de designación de alcaldes locales que, aunque legal, rara vez genera confianza. Las ternas, las cuotas y la burocracia han convertido las alcaldías en engranajes opacos dentro de una maquinaria política que funciona más hacia arriba que hacia los ciudadanos. Luisfer acierta cuando dice que las localidades necesitan ser devueltas a la gente. Por supuesto, no se trata de romantizar la elección directa. Elegir alcaldes locales implica riesgos: campañas costosas, posibles capturas barriales, tensiones con la Alcaldía Mayor y la necesidad de blindar las instituciones. Pero estos riesgos no son argumento suficiente para mantener un sistema que ya demostró sus límites. Aceptar el miedo a cambiar solo porque el
modelo actual es “lo que hay” sería resignarnos a que Bogotá siga funcionando a medias.
La pregunta que muchos se hacen —con razón— es si estos nuevos alcaldes populares podrían generar choques con la administración distrital. La respuesta es sí, podrían hacerlo. Pero la
democracia no existe para evitar tensiones, sino para manejarlas a través de reglas claras.
Lo importante es que la voz local deje de ser un eco distante dentro del Palacio Liévano.
En este punto, la propuesta de Luisfer destaca porque no se queda en la consigna fácil: insiste en que la elección popular debe venir acompañada de mayor planeación, transparencia radical
y mecanismos de control ciudadano. Es decir, no se trata de soltar el poder al azar, sino de redistribuirlo de forma responsable.
Bogotá lleva años debatiendo sobre cómo acercar la política al barrio, al parque, al comercio local, al transporte del día a día. Los problemas más urgentes —seguridad, movilidad interna, espacio público, mantenimiento urbano— se sienten en la cuadra, no en los grandes discursos de ciudad. Por eso, pensar en alcaldes locales legitimados por el voto directo no es un salto al vacío; es reconocer que la democracia también debe actualizarse. Luisfer pone sobre la mesa una discusión incómoda para muchos, pero profundamente necesaria. Cambiar la forma de gobernar las localidades es arriesgado, sí, pero más riesgoso es seguir igual. Bogotá necesita aire fresco, ideas que no teman desafiar el statu quo y propuestas que reconozcan que el poder empieza en el territorio. En ese sentido, apoyar esta iniciativa no es un acto de ingenuidad, sino un acto de convicción democrática.
Elaborado por: Juan Serrano

