Solo hay que recorrer las localidades de Bogotá para percibir la desconexión de la clase política con los problemas reales de los ciudadanos. Esa falta de interés por las cosas importantes no se refleja en las propuestas de ningún candidato, lo que alimenta el desinterés y la baja participación de los electores, que terminan decidiendo su voto una o dos semanas, incluso días antes de presentarse en las urnas. Y desde luego, votarán por quien logre conectar con soluciones reales a sus problemas cotidianos. Por ahora, los muchos candidatos siguen enfrascados en atacarse desde los extremos, en lo que hemos venido llamando el conflicto “Petro–Uribista”. La realidad es que solo hay cinco o seis candidatos viables, pero infortunadamente todos provienen de la clase política tradicional, bien sea de derecha o de izquierda, del seno del establecimiento, es decir, de maquinarias que representan las viejas estructuras políticas, sin nuevas agendas ni propuestas. Esos viables serán quienes terminen reconfigurándose entre lo poco y nada que los ciudadanos tendrán para elegir.
Colombia se aproxima a una de las elecciones más decisivas de su historia reciente. A seis meses de la primera vuelta presidencial y con un calendario electoral ya en cuenta regresiva, el país enfrenta dos posibles rutas: una contienda de tres fuerzas equilibradas —petrismo, centro y derecha— o una polarización absoluta entre el “ToconPetro” y “el que diga Uribe”. De la definición de alianzas en las próximas semanas dependerá cuál de estos caminos se consolide. Mientras los demás sectores aún discuten quién los representará, el petrismo ya tiene candidato, estructura y discurso. Con Iván Cepeda como abanderado del Frente Amplio, la izquierda llegó a tiempo con una consulta sólida y un bloque político que combina militancia fiel, aparato estatal y maquinaria territorial. Petro logró lo que las demás fuerzas aún no: unidad, hoja de ruta y relato.
El desgaste de su gobierno no ha mermado su capacidad organizativa. Más de 2,7 millones de votos en la consulta del 26 de octubre confirmaron que, pese a la polarización, el petrismo sigue vivo y con gasolina. Cepeda representa continuidad ideológica y reposo institucional frente al vértigo del líder, mientras María José Pizarro y Gustavo Bolívar actúan como operadores emocionales de la base. La izquierda, guste o no, va con el reloj a favor.
En el otro extremo, la derecha y el uribismo enfrentan un dilema que ya parece costumbre: demasiados egos para un solo proyecto. Uribe, consciente de su pérdida de magnetismo, intenta una gran coalición con liberales, conservadores, Cambio Radical y su propio partido. Sin embargo, cada reunión parece más un campo minado que una mesa de acuerdos: Miguel Uribe Londoño cuestiona las encuestas, María Fernanda Cabal busca independencia, Abelardo de la Espriella se convierte en fenómeno mediático que unos veneran y otros temen, y Germán Vargas Lleras sigue en su dilema entre salud y ambición política. A la derecha le sobran nombres y le falta dirección. Si en los próximos treinta días no hay un mecanismo claro para escoger candidato único, la división volverá a regalarle a Petro la segunda vuelta. Uribe lo sabe, pero parece no poder ordenar su propia tropa.
El centro político, que prometía ser el espacio de la moderación, se ha convertido en el territorio de la confusión. Sergio Fajardo, Juan Manuel Galán, Mauricio Cárdenas y David Luna hablan de unión, pero cada uno tiene un camino distinto y, en algunos casos, contradictorio. Juan Manuel Santos intenta reagruparlos bajo la bandera del acuerdo de paz, pero su reaparición genera más ruido que cohesión. En la práctica, el centro hoy no es un bloque sino una colección de soledades: algunos coquetean con la derecha, otros defienden a Petro, y todos dicen representar el cambio sin extremos. Pero un centro sin narrativa ni símbolos es apenas una geografía moral; existe en el discurso, pero no en las urnas.
El calendario electoral no perdona. El 8 de marzo de 2026 se realizarán las consultas interpartidistas y el 31 de mayo será la primera vuelta presidencial. Eso deja solo cuatro semanas para definir alianzas, mecanismos y candidaturas. En política, el tiempo no es oro: es oxígeno. Y hay sectores que ya comienzan a asfixiarse.
Uribe, Santos y Gaviria, tres exmandatarios que representan épocas distintas, vuelven a mover las piezas del ajedrez nacional. Uribe impulsa la alianza anti-petrista; Gaviria busca reposicionar la agenda del Partido Liberal como actor de centro-derecha; Santos articula a Fajardo y Roy Barreras en un intento de moderar la contienda. En 2026, los ex no se retiraron: reincidieron.
Si la derecha y el centro no logran unirse, Colombia repetirá el modelo de los tres tercios: una izquierda cohesionada, una derecha fragmentada y un centro sin fuerza. Pero si en las próximas semanas ocurre el milagro político de una consulta unificada —una sola bandera, un solo candidato—, el país revivirá el duelo de 2018: el proyecto del cambio vs. el proyecto del orden. En cualquiera de los dos escenarios, lo cierto es que 2026 será un plebiscito sobre el rumbo de la nación: ¿seguimos la ruta de la transformación petrista o buscamos un relevo liberal–conservador–centrista que devuelva el péndulo? El reloj electoral corre, los partidos se enredan, y los votantes —otra vez— observan cómo los políticos deciden tarde lo que el país necesita temprano.
En síntesis, si el petrismo juega en equipo y la oposición sigue jugando solitaria, la segunda vuelta ya está escrita. Pero si los contrarios logran hablar con una sola voz, 2026 podría ser la elección más polarizada, impredecible y decisiva de este siglo.
Por todo lo anterior, tenemos entonces que el país se fragmenta entre “tres tercios o dos extremos”, donde por un lado vemos un país dividido en tres bloques casi equivalentes: una izquierda que se mantiene cohesionada anticipadamente, un centro sin opciones que no encuentra su identidad, y una derecha que aunque conserva un poder territorial no logra unidad ni discurso propositivo. Si ninguno de estos sectores consigue consolidar una coalición sólida, el electorado repetirá la fragmentación de 2022. Por otro lado, los dos extremos representan la posible polarización final marcada por una contienda entre el “ToconPetro” y “el que diga Uribe”, en la que los matices del centro desaparecerían y los colombianos se verían obligados a elegir no por afinidad programática, sino por rechazo al adversario. En ese escenario, el debate público se reduciría al choque entre dos visiones irreconciliables del país, dejando de lado las discusiones de fondo sobre salud, empleo, seguridad, educación o desarrollo que realmente importan al ciudadano común. La ciudadanía, que pasará a ser el electorado decisivo, empieza a reclamar ideas y propuestas expresadas bajo el hilo de la Conexión entre las problemáticas y sus soluciones reales.

